La lectura, junto con las experiencias, son la base de nuestros conocimientos. A través de los libros nos formamos, pero también revivimos historias creadas por otros que terminan formando parte de nuestro bagaje cultural. En definitiva, somos lo que leemos.
Sin embargo, pocas veces nos planteamos qué hace que un libro llegue a nuestras manos o quienes están detrás de él. Los libros son el resultado de un importante esfuerzo creativo de un autor o autora que, además, convive con un interesante ecosistema que hace posible que siga creando: los derechos de autor.
Gracias a los derechos de autor la literatura, el conocimiento y la cultura escrita perduran. Sin ellos no existiría una justa remuneración para sus creadores. Por eso, es fundamental que la sociedad comprenda que deben ser respetados.
La propiedad intelectual parte de la premisa de que quien crea una obra tiene derecho a que se reconozca su autoría y a decidir sobre cómo se utiliza su creación. En el caso de la cultura escrita, este vínculo entre el escritor y su texto no se pierde al publicarlo, independientemente del soporte en el que lo haga, sino que sigue estando protegido y amparado por la Ley de Propiedad Intelectual.
Esta protección afecta también al uso secundario de las obras, es decir, cuando se reutilizan, se extraen fragmentos para presentaciones, trabajos, citas y otras cuestiones. Esta protección es lo que hace sostenible la cultura pues, sin ella, desaparecerían los incentivos para crear.
«La propiedad intelectual parte de la premisa de que quien crea una obra tiene derecho a que se reconozca su autoría y a decidir sobre cómo se utiliza su creación».
El valor invisible detrás de cada página: el esfuerzo y el trabajo del autor
Cada obra escrita condensa un trabajo que en muchos casos es invisible. Detrás de cada página hay meses —a veces años— de documentación, escritura y reescritura por parte del autor y, junto a él, interviene todo un equipo de editores, correctores, diseñadores, traductores y libreros que hacen posible que la creación llegue a las manos del lector.
A través de los derechos de autor se remunera ese valor invisible y para ello existen dos vías que conviene distinguir porque protegen realidades distintas, los llamados derechos morales y los derechos de explotación.
Los derechos morales son irrenunciables e inalienables, es decir, el autor no puede ni venderlos, ni cederlos, aunque quisiera. También son imprescriptibles, lo que significa que la paternidad sobre el texto y el derecho a la integridad de la obra, que impide modificarla o deformarla, son perpetuos. Esto garantiza que cualquier obra escrita seguirá llevando el nombre de quien la escribió mucho después de publicarse, traducirse o adaptarse.
Los derechos de explotación —también conocidos como patrimoniales— son los que hacen posible obtener un rendimiento económico de la obra. A diferencia de los morales, sí pueden cederse. Estos derechos patrimoniales engloban los derechos de explotación, por los que el autor puede decidir sobre el uso de su obra, salvo en determinados casos previstos en la Ley de Propiedad Intelectual española, que se conocen como límites o excepciones. También los derechos de simple remuneración que garantizan al autor el cobro de una compensación económica por el uso de su obra.
Gracias a estos derechos, un escritor puede vivir de su trabajo y una editorial puede asumir el riesgo de publicar, distribuir y dar a conocer una obra.
En España se prolongan durante toda la vida del autor y setenta años tras su fallecimiento; después, la obra pasa al dominio público y puede utilizarse libremente.
La expansión de lo digital ha aumentado las posibilidades de acceso a la cultura escrita, pero también ha propiciado que se utilicen los textos sin la justa retribución a sus autores con mayor facilidad.
Por eso, más que nunca, la protección de los derechos de autor de la cultura escrita es uno de los grandes retos en la actualidad. La piratería, el plagio o el uso no autorizado de obras —ahora también por parte de sistemas de inteligencia artificial— amenazan la viabilidad de quienes crean y editan.
Este es un problema que afecta al conjunto de la sociedad. Cuando se utiliza una obra sin permiso, estamos perjudicando a su autor que no percibe su remuneración y al editor que decidió invertir en ella, pero también a todos los ciudadanos pues estamos comprometiendo la viabilidad de un sector esencial para el progreso de la sociedad, el de la cultura.
Por eso existen entidades de gestión colectiva como CEDRO, cuya misión es proteger los derechos de autor, velar por el uso legal de las obras e impulsar iniciativas de apoyo a autores y editores.
Pero la responsabilidad de proteger la cultura escrita no es solo tarea de las entidades de gestión, de las editoriales o los juristas, forma parte de los deberes ciudadanos y, por tanto, es esencial saber cómo protegerlos los derechos de autor.
Ese es el fin de la Escuela del Derecho de Autor (EDA), una iniciativa educativa de CEDRO que pone a disposición de toda la sociedad —estudiantes, docentes, familias y lectores— recursos digitales y materiales didácticos, gratuitos y disponibles en las distintas lenguas cooficiales.
Sus contenidos recurren a metodologías innovadoras como la gamificación y permiten, al completarlos, obtener el Certificado de Experto en Derechos de Autor. Da el paso y fórmate gratis con la Escuela del Derecho de Autor para proteger el futuro de los libros que leemos.